martes, 29 de mayo de 2012

La leyenda del beso en la nalga o la conquista de Granada




Si empezarnos con tonterías, terminamos y en paz. Pero como no queremos terminar, ya que somos como la UCD, vamos a seguir otros veinte años con la misma leyenda. 

    Ab El Hasan, de CC.OO., hallándose un día en la mezquita de Córdoba (1) sumido en problemas sobrenaturales, quedóse dormido sobre la aljofifa. El rey moro, empuñando un algorí de Almodóvar, se acercó a él, como aproximándose. Y dijole: 
-Es la hora nona, esa hora en que los mezquíes cubren su cuerpo con sarmiento, impregnado en bahorí. Sube al monte y dile al Ben Zoato que no taña más campanas ni queme más saumerios. De lo contrarío, Granada será dominada con el seis doble. 
    A lo que el contertulio almoraví contestó sin bajarse los pantalones: 
     - oh, señor. Soy hijo del Cebedeo, primo hermano de Camuñas Iscariote, sobrino de don Zanguán y nieto de Somosaguas. 
Al oír estas palabras, la reina Isabel, que se estaba bañando por primera vez en la vida, le arrojó una corteza de la su roña a la testa, dejándolo tan mal herido que a los pocos lustros murió de una infección intestinal en el cráneo. Granada se rinde y nosotros también. Nos vamos a acostar un rato con unas personas de distinto sexo. 
    Ya nos hemos levantado. 
    Han pasado quinientos años centígrados. ¡Qué sueño tan reparador! Lo primero que hacemos al abrir los ojos es preguntar por los Reyes Católicos. La mucama de ojos pares, contesta socarrona: 
    -The Catolicis kings are in the church. 
    -¿Y los moros? 
    -They are in the war. 
    -¿Y tu padre? 
    -Bien. Está bien. Ahora se dedica a la doma del percebe. 
    -Entonces, ¿tu madre? 
    -A ésa no hay quien la dome. Hasta que no se case... 
    -Entonces tú eres una hija de... 
    -Sí, mis nobles señores. Soy hija única. Y mis hermanos también. 
    -Luego confiesas que tienes hermanos. 
    -No, no confieso, porque soy mora. 
    -Luego confiesas que eres mora. 
    Una lágrima del tamaño de un neceser  resbaló por alguna de sus mejillas, hasta posarse en una de sus ingles. 
    ¡Bella mora, bella mora! -dijimos nosotros dos-. Mora que nos enamora (enamora para que rimara con mora): Mora que estás en Granada, cautiva como una corza por los reyes de Castilla (aqui puede observarse que Castilla no rima con corza). Mora que ligó sus horas á la triste suerte mía (como dijo Muñoz Seca). Mora, nuestro pecho implora tus amores de señora. En nuestro jardín las flores sin ti no tienen olor. ¿Es amor? (pregunta ella). ¿Es eccema, es herpes? ¿Qué son vuestras flores? Decid, caballero, decid. 
    He aquí que el rey don Fernando (ya saben quién es, ¿no?), que se hallaba a la sazón pignorando unas alhajas con el propósito de descubrir América y contratar actores de allá para TVE, se encontró con la desagradable sorpresa de que estaban ya todos contratados. 
    Fernando (le llamamos Fernando por la confianza que siempre tuvimos con él, porque si no le llamaríamos Aurelio) se entrevistó con el jefe de programas, y este, tomandole por un figurante, le preguntó 
    -¿Qué querés vos? ¿Otro antisipo? Vicjo, acá no hay plata. 
    -Estáis equivocado. Soy el rey Fernando. 
    -¿Fernando, qué más? 
    - Él Católico. 
    - ¿Apellido de la madre? 
    - Gozález. 
    -Está bien, pibe. haré todo lo que pueda por vos. 
    Descolgó el teléfono y a los pocos minutos allí estaba López Ibor, acompañado por la orquesta del maestro Ibarbia, dirigida por Odón Alonso. 
    -¡Esto es una encerrona! -gritó don Fernando. 
    -No, esto es una sonata de Beethoven. Habéis perdido. Ya no podéis ir a los Mundiales de Argentina. 
    Y conducido por dos musculosos mendigos, fue introducido en una ambulancia (por cierto, con matrícula de Avila) hasta el sanatorio psiquiátrico de la Moncloa. 
    Y allí sigue.  Hasta que España sea de nuevo tomada por los moros.

(1) Córdoba 



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